Atada al Placer: El Suplicio de Simone
Simone – El Suplicio del Ala de Pollo
¿Cómo terminó así? Simone no sabía quién era ese hombre ni por qué la estaba atando. Solo sabía que dolía, ¡y mucho! Mientras la manipulaba con brutalidad, uniendo sus miembros con cuerdas ajustadas que se clavaban en su carne, ella suplicaba, rogaba y protestaba, pero él no le hacía caso. O al menos eso creía, hasta que se cansó de su interminable parloteo y le metió en la boca una mordaza de bola que le estiró la mandíbula hasta callarla de una vez por todas. Convencida de que se le dislocaría la mandíbula por el tamaño de la bola, gimió, babeando por toda la cara mientras intentaba en vano pedir clemencia. ¡El hombre era implacable! Le arrancó la camisa, dejando al descubierto sus enormes tetas, le unió los codos y le retorció los brazos en una posición de ala de pollo brutal. Pensó que su suplicio había terminado cuando le quitó la mordaza de bola, pero solo para rellenarle la boca y envolvérsela con una cinta que le apretó la cara con una crueldad que la dejó incapaz de emitir más que débiles gemidos. Finalmente, el hombre la tiró boca abajo sobre un pequeño banco, con sus pechos desnudos colgando del borde, y la ató de pies y manos hasta que sus miembros ardían. ¿Acaso el loco no podía hacerle más? Por desgracia, se equivocaba. Le colocó pinzas en los pezones sensibles y la dejó sola para que sufriera la posición agonizante. En su mente solo había dos preguntas: ¿vendría alguien a rescatarla, o peor aún… ¿el hombre volvería para seguir torturándola?