Atada y Amordazada – La Sumisión de Constance
Constance no puede moverse
Las instrucciones del ladrón eran MUY claras: ¡Quédate quieta y cállate! Constance ya tenía lo de «cállate» dominado, gracias a cómo el ladrón le empujó la boca llena antes de enrollar capa tras capa de cinta gris pegajosa alrededor de su rostro. La apretó tanto que hasta le torció su naricita. Sabía lo implacable que era la cinta, ya que el ladrón ya la había enrollado una y otra vez alrededor de su cuerpo, fusionando sus extremidades y dejándola completamente indefensa. Por supuesto, no confiaba en el ladrón, y en cuanto este se fue de vista, comenzó una lucha frenética por liberarse, moviendo su pequeño cuerpo del sofá al suelo, donde pateó y se retorció, con la esperanza de que, contra todo pronóstico, pudiera aflojar sus ataduras. Desafortunadamente para ella, el ladrón regresó y estaba MUY descontento al ver que no había obedecido la regla de quedarse quieta. Afortunadamente para él, sabía cómo solucionarlo: la dobló en una bola compacta y la aseguró en esa posición con aún más cinta, la misma que ya odiaba. Ahora, completamente incapaz de mover un solo músculo, gimoteaba de miedo ante su situación. Las cosas se pusieron aún más incómodas cuando el ladrón, riendo, la volteó de costado y la dejó así toda la noche. Mientras sus ojos escaneaban la habitación en busca de libertad, sabía que esa noche sería MUY incómoda.