El tormento eterno de Rachel: atada y ahogada en mordazas
La pesadilla de mordazas múltiples de Rachel
Parecía una pesadilla. Atada fuertemente a una silla, con la boca rellena y los labios estirados en una mueca horrorosa por una mordaza de hendidura que impedía que escupiera los trapos, Rachel gruñó y forcejeó, pero sus gritos eran inútiles. Nadie la escucharía, nadie la salvaría. El loco que había entrado en su casa parecía decidido a hacerla sufrir, y sus herramientas de tormento aseguraban que no pudiera pedir ayuda. La amordazó una y otra vez: primero con una enorme mordaza roja de bola que le hacía doler las mandíbulas, luego con una mordaza de hendidura usando una funda de almohada gruesa. Entre cada nueva mordaza, observaba cómo se retorcía, gemía y suplicaba con sonidos ahogados que nadie escucharía. Después llegó una mordaza de cinta que selló su boca como si fuera piedra, seguida de otra mordaza de hendidura, esta vez de microespuma y cinta americana. Los ojos se le llenaron de lágrimas por la presión, su rostro se deformó en una mueca grotesca. Su único alivio eran los breves segundos en los que le quitaba la mordaza vieja para reemplazarla por una aún más cruel. Finalmente, le rellenó la boca dolorida y le envolvió toda la cabeza con vendajes ajustados y cinta. Rachel desesperaba al escuchar lo débiles que sonaban sus gritos, no que importara, pues no habría podido escuchar nada por encima del latido de su corazón resonando en sus oídos. Luego llegó el verdadero tormento: el hombre le metió dos tapones de espuma en las fosas nasales, cada uno con agujeritos que apenas le permitían respirar. Gimió suavemente, el sonido de su respiración entrecortada llenando la habitación. ¿Cuándo terminaría la pesadilla?