La heredera atada: Ren en tacones y cuerdas
Ren despierta en otra pesadilla, aún atada en cruz y amarrada a su cama por su asqueroso tío Jim. No entiende por qué la ha mantenido inmovilizada y con una mordaza desde el funeral de sus padres. La obliga a vestir ropa ajustada de puta y la mantiene atada con cuerdas desde hace días. Su mandíbula le duele por la gran pelota roja metida entre sus dientes, y sus muñecas y tobillos están irritados por las cuerdas que le cortan la piel. Ren tira desesperadamente de las cuerdas con la esperanza de que, de alguna manera, se hayan aflojado mientras dormía. Pero es una idea fugaz: un tirón le confirma que no se moverá de ahí pronto. Solo puede quedarse quieta y esperar a que su tío entre a revisarla. Finalmente, escucha que la puerta se abre y su brutal tío Jim entra con una sonrisa burlona en el rostro. Ren siente cómo sus ojos devoran sus largas piernas abiertas de par en par. El dobladillo de su camisón se le ha subido hasta las caderas, dejando al descubierto sus bragas rosas de encaje que apenas cubren su coño. Ella suplica y llora tras la mordaza mientras él se sienta a su lado en la cama. Jim miente y le dice que siente tenerla así, pero que, desde que sus padres murieron y él es el albacea de su herencia, solo está velando por sus intereses. No puede permitir que ella ande por ahí derrochando su fortuna; lo hace por su propio bien. Mira a su sobrina de piernas largas, indefensa y atada, y le quita la mordaza. Ren exige inmediatamente que la libere, lo llaman ladrón y amenaza con mandarlo a la cárcel. El tío Jim decide que aún no está lista para tener libertades y le mete la mordaza de nuevo en la boca. Solo cuando decida portarse bien y acepte su destino le dará algo de libertad. Pero por ahora seguirá atada y amordazada al menos otra semana; luego evaluarán su actitud y ajustarán su encierro. Saca un rollo de venda elástica negra y le dice que saldrá un rato, pero que debe mantenerse callada para no molestar a algún vecino que pueda escuchar desde su prisión en el dormitorio. Le envuelve la vendar apretada sobre la mordaza. Ren grita de protesta cuando él ata otra cuerda alrededor de su delgada cintura y la jala hacia abajo entre sus piernas. La cuerda se le clava profundamete en las bragas de encaje, partiendo su coño en dos. Ren siente el dolor de la cuerda del coño, brutalmente ajustada. Luego la deja sola, indefensa, atada, amordazada y torturada por las cuerdas. Grita de furia y frustración tras la mordaza, él no puede hacerle esto, no puede dejarla atada y amordazada indefinidamente. Pero lo ha hecho y lo seguirá haciendo.