La Pesadilla de Chrissys – Secuestro Terrorífico
Él necesitaba encontrar otra joven atractiva para uno de sus clientes de alto pago y la había estado acechando por días para aprender su rutina. Chrissy acaba de llegar de su trote nocturno y pasa por el jardín trasero para entrar cuando un hombre sale de su escondite y la agarra, cubriéndole la boca con una mano con fuerza antes de que pueda gritar. La arrastra hacia adentro mientras patea y se debate furiosamente para liberarse, pero él la domina con facilidad. Luego la vemos con las manos atadas detrás de su espalda y los pies cruzados y vendados con sus zapatillas, así que no tiene ninguna posibilidad de escapar, ni siquiera cojeando. No puede hablar porque lleva cinta adhesiva sobre la boca, pero solloza desesperadamente mientras el hombre llama a su cliente para avisarle que tiene más mercancía lista para que la revise. No tarda mucho en llegar el comprador potencial. Chrissy, aún con la mordaza, mira con miedo mientras los hombres hablan de ella como si no estuviera presente. El comprador la dobla sobre el sofá y la examina antes de decidir que será una gran adición a su colección. Le dice a su proveedor que solo tiene que empaquetarla con sus cuerdas y luego pueden reunirse para cerrar el trato. El comprador comienza a quitarle la cinta adhesiva temporal que la ata para atarla bien ajustada, como le gusta. Ya no necesitará sus zapatillas, así que se las quita, pero decide dejar sus medias blancas bonitas puestas. Chrissy está muy asustada y en shock de que esto realmente esté pasando. Cuando el hombre finalmente le quita la cinta de la boca, ella le suplica desesperadamente que la deje ir, pero él no la deja hablar mucho antes de sorprenderla metiéndole las bragas en la boca y un paño blanco elástico tirado fuertemente entre sus dientes para sellarlo todo. Sigue suplicando a través de la mordaza de bragas, pero está tan bien amordazada ahora que solo logra emitir sonidos ahogados como *mmmpppphhhss* y gruñidos. Mientras el comprador sigue atándola, descubre con placer lo flexible que es, atándole los codos juntos hasta que se tocan firmemente. Le baja los shorts de correr y la observa retorcerse en su pequeño tanga blanco y su ajustada atadura de brazos por un minuto antes de decidir añadirle una cuerda en la entrepierna, dándole un pequeño adelanto de lo que más tarde le espera. Termina atándola con el mismo lazo, de modo que la cuerda en la entrepierna se clava más profundo mientras se debate con desesperación. Más bonita que nunca empaquetada en cuerdas, la deja allí indefensa y luchando sin esperanza mientras va a pagar por su compra. Se retuerce en el suelo buscando una manera de salir de su peligrosa situación, pero está atada de manera inescapable. Al final, él regresa y le da una falsa esperanza al quitarle el lazo, pero solo para poder levantarla más fácilmente, tirarla sobre su hombro y llevársela al coche hacia su nuevo hogar.