Atada y Amordazada – Asalto Sorpresivo en el Santuario de Smytten
Smytten Sorella: El ladrón traía cinta adhesiva
Cuando Smytten llegó a casa para hacer ejercicio, una mano se le cerró sobre la boca mientras otra la rodeaba bruscamente, inmovilizando sus brazos contra el cuerpo. Antes de que pudiera reaccionar, le metieron a la fuerza una mordaza de bola en la boca, ahogando sus gritos, y sus muñecas quedaron atrapadas en el frío acero de unas esposas. Para asegurarla aún más, el hombre le envolvió los brazos con cinta adhesiva gris, por encima y por debajo de los pechos y alrededor de la cintura, pegándoselos al torso. La arrastró al salón, la derribó al suelo y comenzó a sellarle las piernas con más cinta: tiras y tiras uniendo sus tobillos, las piernas por encima y por debajo de las rodillas, ¡incluso le pegó los zapatillas entre sí! Se retorció y forcejeó, rodando por el suelo, sollozando contra la mordaza mientras intentaba ignorar el dolor de las esposas clavándosele en la carne y la incómoda tensión de la cinta en su piel desnuda.
El hombre regresó y le vendó la boca con una gasa elástica, apretándola al máximo para empujar la mordaza más adentro de su boca. Sus ojos se llenaron de terror cuando la empujó boca abajo y comenzó a atarla de pies y manos con la odiosa cinta. Al tirar de su cabeza hacia arriba, gimió cuando le dio más vueltas de cinta alrededor de la cara y la ancló a sus pies, creando una mordaza insoportable que le forzaba la cabeza hacia atrás. ¡La tensión era insoportable, el dolor le hacía lagrimear! La dejó así, retorciéndose, gimiendo y aullando contra su boca completamente sellada, con el cuello dolorido, indefensa… hasta que llegara ayuda… si es que llegaba.



