El Secreto de Lana y la Caja Mágica de Barbara
Lana Lane y su jefe tenían un proyecto importante que terminar ese fin de semana. Por eso, él la llevó a su lugar, creyendo que trabajarían mejor allí que en la oficina. Mientras Lana estaba sentada en el sofá, vio una caja exótica sobre la mesa. Intrigada, la tomó en sus manos. Antes de que pudiera preguntar qué era, su jefe entró en pánico: *«¡Déjala ahí!»*, gritó, suplicándole que no la tocara. Aunque Lana notó que había algo oculto en esa caja, cuando su jefe salió de la habitación, su curiosidad pudo más. *«¿Qué tiene de especial esta caja y por qué mi jefe la protege tanto?»*, se preguntó. Así que la abrió… pero dentro no había nada. De pronto, algo salió mal: Lana comenzó a tener convulsiones y perdió el conocimiento. Cuando recuperó la conciencia, estaba en un lugar completamente oscuro, sin saber dónde. Al regresar su jefe, notó que algo en Lana había cambiado: ahora tenía una mirada salvaje, la de una mujer dispuesta a todo con un hombre. *«¡Lana no está aquí!»*, dijo la mujer en el sofá. Él supo al instante que algo andaba mal. Reconoció la personalidad de *«Barbara»*, la genio ninfómana que habitaba en la caja mágica que poseía. *«Lana está de vacaciones en mi caja»*, le anunció Barbara. El hombre entró en pánico, recordando que la única forma de devolverla a la caja y liberar a su secretaria era tener sexo con Barbara hasta que llegara al orgasmo. Pero Barbara tenía un apetito sexual enorme, y él no estaba seguro de poder aguantar el ritmo. En el pasado, le había costado un esfuerzo titánico saciarla. Para evitar problemas, el hombre sacó cuerdas y la ató. Eso solo la excitó más, pero le dio tiempo para pensar en un plan. Como los comentarios de Lana lo distraían, decidió callarla: le metió un montón de bragas en la boca y la tapó. Aunque estaba atada y amordazada, Barbara no se molestó. Sabía que conseguiría lo que quería, y sentirse indefensa solo aumentaba su excitación. Pero entonces, algo cambió: el hombre la ató de pies y manos, y al ajustar una cuerda anudada con fuerza entre sus piernas, Barbara sintió algo nuevo. Una satisfacción sexual sin necesidad de un hombre. Cuanto más se retorcía, mejor se sentía. Pronto, logró introducir la cuerda más adentro de sí misma. Normalmente, necesitaba el sexo con un hombre varias veces para sentir eso. De repente, ocurrió: Barbara no pudo evitarlo. Llegó al orgasmo, y todo se volvió oscuro. Cuando recuperó la conciencia, estaba de vuelta en la caja, plenamente satisfecha. Mientras tanto, fuera de la caja, el hombre regresó a su prisionera. Pero al mirarla, vio pánico y furia. No tardó en darse cuenta: la chica atada y amordazada en el suelo era su secretaria, Lana. Al quitarle la mordaza, Lana le dejó claro que tenía muchas explicaciones que darle.